miércoles, 26 de noviembre de 2025

EL PASTOR DEL BELÉN. EL SILENCIO DEL CLAUSTRO


    El otoño, también, ha llegado al Monasterio de la Inmaculada Concepción. Ha llegado vistiendo los árboles de la huerta y del claustro de amarillo, ocre, rojo. El otoño ha llegado y ha florecido los paterres del cenobio de crisantemos, que recuerdan a las monjas que el uno de noviembre está llamando a las puertas; mientras en la huerta crecen las calabazas y caen de los castaños de la huerta, las primeras castañas

    Las visitas familiares del verano han dado paso al silencio otoñal, roto solo por el pisar de las hojas caídas sobre el suelo del claustro, en esta nueva y recién iniciada estación. Silencio roto por la campana que desde la torre o desde la puerta del coro marcan las horas, de la vida de las monjas de este monasterio de la Inmaculada, invitando a la oración, al refectorio o al descanso cuando llega la noche.

    El misal y el breviario, el libro de horas, decían que la Navidad estaba demasiado lejana en el Calendario, quedaban semanas para ver encendida la primera vela de la Corona de Adviento de las Capillas del Monasterio; aquella que anunciaba la inminente llegada de la Navidad con la luz de su silencio. Ahora los libros, sin decirlo, decían que era tiempo de conservas, mermeladas y de barrer las hojas que alfombraban el suelo del Monasterio de la Inmaculada.

    Desde el día de Santa Teresa, el aroma de los buñuelos que preparan las monjas en el obrador impregna todo el cenobio. En el torno la Madre Benita no para de recoger pedidos de los vecinos; sor Agueda anota en una vieja libreta, los pedidos que entran en aquellos altos muros a través del ordenador. Sin duda esos buñuelos, como las torrijas en cuaresma y semana santa; son lo mejor que aquellas religiosas ofrecen a la ciudad.

    Sor Alejandra, desde su celda, contempla el espacioso huerto que ante el convento se abre. El viento y el agua de octubre despojan a los árboles de sus hojas, que como una alfombra de hermosos colores se extiende por la huerta ante ella. A pesar del aroma de los buñuelos que impregna el convento, y de lo que dicen los breviarios, misales; sabe que esta llegando la hora.

Autor.- Víctor Hernández Mayoral.
Imagen.- Creada por Inteligencia Artificial.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

EL PASTOR DEL BELÉN. GUILLERMO


    Como para todos los niños, octubre traía los primeros exámenes del nuevo curso escolar, pero también el primer puente del nuevo curso y al final del mes, la Noche de Halloween: con sus calabazas, sus brujes y esqueletos; pero todo aquello a Guillermo no le hacía mucha gracia. 

    Guillermo, en estos primeros días del otoño, prefería el sabor de los buñuelos, que la abuela preparaba, todos los años, cuando, por esas fechas, regresaba, junto a sus padres, al pueblo; el dulzón sabor de las castañas cocidas con anises en la vieja cocina del pueblo, o asadas, calbotes, los llamaba la abuela; asadas al calor del hogar en aquellas eternas noches de noviembre, cuando cambiaban la hora, el último domingo de octubre, poco antes del regreso familiar para poner sobre la tumba del abuelo un ramo de flores

    Guillermo sabía que llegaba la hora de volver al pueblo, cuando los árboles de la calle, donde vivia, comenzaban a amarillear; cuando en la frutería del barrio llegaban las primeras granadas, que su madre siempre compraba para llevar a la abuela, que le gustaban mucho y que se quejaba, cuando llegaban con ellas al pueblo; que los vendedores, que iban al pueblo nunca llevaban.

    Y cuando llegaban las granadas, Guillermo sabía que había llegado la hora de pasear por aquella calle, por la que solo paseaba en esta época del año, al salir del colegio. Y lo hacía para pararse ante un escaparate, que había descubierto hace dos o tres años, junto a su madre. Escaparate que para Guillermo anunciaba la proximidad de una nueva Navidad.

Autor.- Víctor Hernández Mayoral.
Imagen.- Creada por Inteligencia Artificial.

 

miércoles, 29 de octubre de 2025

EL PASTOR DEL BELÉN. OCTUBRE


    Octubre, como todos los años, ha traído el stress a la ciudad, bocinas que suenan en las grandes avenidas, prisas, niños que son llevados al colegio; a una actividad extraescolar y de esta a otra, sin tiempo para disfrutar el espectáculo, que todos los años trae consigo octubre; vistiendo de ocres, naranjas, amarillos los árboles de los jardines, de las avenidas, de las calles y plazas.

    Desde mediados de septiembre, los empleados municipales y los electricistas de la ciudad; se afanaban por colocar arcos de luces entre una y otra acera de las calles; estrellas, campanas, y otras formas, cada vez más exóticas, y cada vez, más alejadas del espíritu navideño; eran colocadas en farolas: los pinos de Navidad comenzaban a crecer en algunas partes de la ciudad. Los niños acababan de regresar al colegio y la ciudad ya se preparaba para una nueva Navidad, demasiada alejada en almanaques, calendarios y agendas; pero parecía muy próxima en las calles de esta ciudad. 

    En los grandes almacenes y otras tiendas junto a las calabazas que anunciaban la inminente llegada de la importada fiesta de Halloween; había estanterías con dulces propios de la Navidad: polvorones, mazapanes; que invitaban a los consumidores a adelantar el inicio de las fiestas navideñas, a pesar de que, aún no habían sido fritos los primeros buñuelos.

    Las televisiones bombardeaba, de forma sibilino, a los hombres y mujeres de aquella ciudad, anunciando en sus espacios publicitarios las primeras colonias para ellos y para ellas. En agosto, como todos los años, aparecieron anuncios invitando a comprar lotería para el próximo sorteo del día 22 de diciembre, en los lugares de vacaciones, con el lema: ¿Y si toca aquí? ¡Qué lejos los fríos de invierno contemplando este anuncio en bañador, bermudas, con resto de sal y arena en el cuerpo de hombres y mujeres, que siempre compraban, al menos un décimo, por eso, de si toca aquí!

    El frío del otoño, aún, no se había hecho presente. Hombres y mujeres paseaban, a pesar de estar avanzado octubre, en manga corta, otros desafiaban a octubre con sus bermudas y pantalones cortos. Los puestos de las castañeras permanecían cerrados. Pero, en las calles estaban colocando las guirnaldas de luces como si diciembre estuviera ya a punto de aparecer en las hojas de calendarios, almanaques y agendas, y el calendario se obstinaba en decir que aún mediaba el mes de octubre.

Autor del Texto.- Víctor Hernández Mayoral.
Imagen.- Creada por inteligencia artificial.

EL PASTOR DEL BELÉN. EL SILENCIO DEL CLAUSTRO

    El otoño, también, ha llegado al Monasterio de la Inmaculada Concepción. Ha llegado vistiendo los árboles de la huerta y del claustro de...